COLECTIVO

Guadalajara, Jalisco, Mexico
Somos un grupo de amigos amantes a la fotografía y a la bicicleta, de ahí el nombre de este blog. Cada domingo vamos a pedalear por diferentes rumbos de la ciudad y fuera de la misma. Hacemos tanto ciclismo de montaña, ciclismo urbano y biciturismo. Con esto queremos fomentar el uso de la bicicleta como una herramienta viable de movilidad, de salud y de diversión. ¡¡¡Animate a rodar con nosotros, saca tu bici a pasear!!! Escríbenos a camararodante@hotmail.com

miércoles, 25 de febrero de 2026

CRÓNICA DE UNA CIUDAD MUDA Y UN BOSQUE QUE NOS PUSO A PRUEBA

Hay mañanas en las que Guadalajara se despierta con una promesa distinta. El domingo 22 de febrero, a las siete, el Santuario de la Bicicleta no era solo un punto de encuentro; era el epicentro de una pequeña resistencia de doce voluntades. Nos reunimos ahí, entre caras conocidas y esos "nuevos adeptos" que llegan con los ojos brillantes, dispuestos a que el asfalto y la tierra nos dicten la lección del día.

Salimos con el sol apenas desperezándose. La ciudad estaba sitiada por su maratón, así que trazamos nuestra propia ruta de escape por Federalismo hacia Patria. Richard, nuestro líder de punta, marcaba el ritmo con esa soltura de quien sabe que la prisa es enemiga del disfrute. 

A su lado, Carlos, el motor incansable de Cámara Rodante, y Noé, ese tipo de ciclista que parece no sudar, que hace que las subidas parezcan un juego de niños y que siempre tiene una mano lista para el que flaquea.


El grupo rodaba compacto, como un solo organismo. En Mariano Otero, la recta hacia La Primavera se sintió como el umbral a otro mundo. Y entonces, la caseta. Ahí comenzó la verdadera educación de las piernas.

Dicen que el ascenso a la entrada del bosque es el termómetro del alma. Hacía tiempo que no me enfrentaba a esa pendiente, pero esta vez fue distinto. Dicen que el entrenamiento ayuda, y es verdad, pero hay algo más: esa fusión mística entre hombre y máquina que ocurre cuando el terreno se vuelve empedrado y la adrenalina empieza a dictar el pulso. 

Lo que antes recordaba eterno, esta vez me pareció un suspiro de veinte minutos. Una señal de que estamos listos para más.

En el kilómetro 8 y medio, el grupo creció. Ya éramos dieciocho almas al pie de la Torre 2. Hubo risas, bromas que alivianan el peso del esfuerzo y las fotos de rigor con las que Carlos inmortaliza nuestra pequeña épica cotidiana. Pero el camino seguía.

Tras una negociación en la puerta —porque es triste que los parajes que deberían ser de todos tengan precio—, nos adentramos en lo más crudo. La Torre 2 no se regala. Es una subida que te prueba el temple, la resiliencia y la fortaleza espiritual. 

Hubo momentos de querer bajar el pie, pero existe una chispa interna, un pacto silencioso con los compañeros, que te empuja a seguir. El compañerismo aquí no es una palabra, es el oxígeno que te falta. Treinta kilómetros de ruta transforman a desconocidos en cómplices de una conspiración de lodo y sudor.

Y entonces, la cima. La Torre 2 se abrió ante nosotros con una vista espectacular del Bosque de la Primavera, con la ciudad allá lejos, ajena a nuestro esfuerzo. Subir la vieja escalera de metal, con rachas de viento de 40 kilómetros por hora, fue un bautizo de adrenalina pura. El aire rugía y la estructura vibraba, recordándonos lo pequeños que somos.

Pero el destino tenía un giro preparado. Mientras disfrutábamos del paisaje, el radio de Noé empezó a escupir una realidad distinta: bloqueos, alertas, disturbios. La paz del bosque se vio interrumpida por la incertidumbre de la ciudad. El interés cambió: ya no era la cima, sino la seguridad de todos.


Bajamos rápido. Un descenso técnico, de brazos tensos y sentidos alerta, hasta refugiarnos en la tiendita del Padel. Ahí, entre la señal que iba y venía y las noticias que confirmaban el caos afuera, compartimos una convivencia extraña, suspendida en el tiempo.

El regreso fue una escena de "Soy Leyenda". Calles desiertas, negocios cerrados, un silencio sepulcra6l que envolvía a Guadalajara. Pero incluso en esa ciudad muda, encontramos la oportunidad de ver el vaso medio lleno. 

Rodar por una ciudad vacía es una experiencia inigualable, un regalo extraño nacido de una circunstancia difícil.

Llegamos con el cuerpo cansado y el corazón lleno. Porque más allá de las subidas, de los cobros injustos o de los ruidos de una ciudad en crisis, nos queda la certeza de que, mientras haya un camino y un grupo de amigos dispuestos a pedalear, siempre habrá una historia que valga la pena contar.

**Excelente rodada.**

Por Vladimir  Mendoza 


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