Ayer fue de esos días que se quedan guardados en las piernas… y en el corazón.
Salimos temprano, con ese nervio rico de no conocer al grupo, pero con las ganas intactas de rodar.
Poco a poco, entre saludos, risas y el sonido de las bicis arrancando, la incertidumbre se fue transformando en energía compartida. El camino nos recibió con todo: subidas que exigían paciencia, tramos técnicos que pedían concentración y paisajes que hacían que cada esfuerzo valiera la pena.
Hubo momentos duros, claro. El sol pegando, las piernas reclamando, pero también estuvieron esos pequeños grandes instantes: alguien esperando atrás, una palabra de ánimo, una sonrisa en medio del cansancio.
Ahí fue donde entendí que no solo era una rodada, era equipo.
Al final, llegamos. Cansados, sí, pero con esa satisfacción que no se puede fingir. De esas que solo se ganan pedaleando. Fue un éxito, no solo por la ruta completada, sino por la vibra, la compañía y las ganas de seguir sumando kilómetros juntos.
Gracias por recibirme así. Si todas las rodadas son como esta, ya quiero que sea la siguiente.
Por María Teresa Barajas


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