Cuando una amiga me invitó a rodar, dije que sí sin pensarlo mucho. Cuando vi la convocatoria que decía “40 km - principiantes” me asusté un poco. 40 kilómetros sonaban a mucho. Hoy creo que debí haberme inscrito en la de novatos.
La ruta, sin embargo, fue hermosa. De esas que te hacen olvidar el cansancio por ratos. Carretera entre árboles, subidas que te hacen respirar hondo, bajadas que te hacen sonreír y un aire que te limpia todo.
Pero también fue exigente. Muy exigente para ser mi primera vez. Hubo momentos en los que las piernas me preguntaban qué estaba haciendo ahí y la mente quería bajarse de la bici.
Lo que salvó todo fue la gente. Conocí a personas hermosas. No solo fuertes en la bici, sino generosas. Cuando se dieron cuenta de que era nueva, en lugar de dejarme atrás, se quedaron a mi lado.
Me explicaban con una paciencia enorme cómo y cuándo hacer los cambios, cuándo bajar a plato chico antes de la subida, cuándo apretar, cuándo no tener miedo a soltar el freno en la bajada.
Nadie se burló. Nadie me presionó. Solo me acompañaron.
No terminé la ruta completa, me quedé a unos kilómetros del final. Me bajé cansada, sudada, con las piernas temblando y con un poco de frustración, pero también con una sonrisa que no me podía quitar. Entendí que no terminar no es fracasar, es aprender hasta dónde puedes hoy.
Me asusté al principio, sí, pero terminé agradecida. Entendí que no se trata de ser la más rápida, sino de no ir sola.
Ya quiero la siguiente. Pero ahora sí, empezando por la de novatos.
Por Karla Paulina Ibarra







No hay comentarios:
Publicar un comentario