La cita ya estaba hecha el domingo, a las siete de la mañana, nos reunimos para rodar al mirador de Mezcala, era mi primera vez en rodar a un lugar tan lejos y desconocido pero estaba muy entusiasmado de vivir esta experiencia.
Desde el principio, la lluvia nos tomó por sorpresa, pero el grupo, es demasiado unido, a pesar de estar todos empapados la energía se mantuvo a flote.
A pesar de las ponchaduras, algunos componentes dañados, siempre había alguien dispuesto a ayudar. Los organizadores nos acompañaron todo el tiempo, como si fuéramos parte de su familia.
Continuamos hacia Cristo Rey, al llegar al inicio de la pendiente solo miraba la gran subida que seria demasiado pesada pero con los ánimos de todo los integrantes se llego a la cima.
El paisaje y la vista eran increíble, por una parte se miraba la ciudad y los grandes edificios y por otra parte esos cerros cubiertos por nuves reposando sobre ellos.
Seguimos hacia nuentro destino, al paso de lo kilómetros y pedaleos fuimos adentrando a la nutarelaza, ya no circulaban carros, ya no había el sonido de la ciudad, solo naturaleza y tranquilidad.
Pasamos por un pequeño río hasta empezar otra subida muy pesada, por momentos era complicado subirla siquiera caminado pero habia compañeros que la subian con mucha facilidad.
Cuando llegamos, a nuestro objetivo, el Mirador de Mezcala, las vistas fueron increíbles. Nunca había mirado una naturaleza tan completa: a cada lado, solo había cerros, barrancas, y un paisaje que parecía no tener fin.
Luego bajamos y todo el grupo se quedó a desayunar. Ahí, juntos, recargamos energía, compartimos risas, y nos preparamos para el regreso.
Al final, fueron 54 kilómetros, y aunque fue duro, me llevé una satisfacción enorme de saber que, con este grupo, todo es posible.
Por Luis Alberto Luna










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