El domingo 18 de enero de 2026 arrancó con ese reto que todos conocemos: levantarse temprano cuando el cuerpo pide descanso. Entre olvidos —como el casco que casi nos complica el inicio— y risas nerviosas, partimos rumbo a La Vega. La neblina nos recibió como un telón espeso, ocultando la carretera y obligándonos a persistir con paciencia.
Fue un amanecer distinto, mágico, que nos recordó que la belleza también se esconde en lo inesperado. El frío se sentía en cada respiración y eso hacía que el inicio tuviera un sabor especial, como si la naturaleza nos estuviera poniendo a prueba.
Desde que llegamos al punto de salida, en las antiguas vías del tren de La Vega, empecé a tomar fotos. Primero con quienes iba, y después pensé que tal vez todos los demás también querrían un recuerdo.
Me acerqué a preguntarles y fue muy lindo ver cómo sonreían cuando aceptaban. Esa parte fue de mis favoritas: ver que alguien se llevaba un recuerdo bonito y sentir que podía aportar a ello.
Para mí, capturar esos momentos es parte de la experiencia, porque no solo se trata de rodar, sino de dejar constancia de lo que vivimos juntos.
El recorrido fue variado y retador. Hubo tramos enlodados, arenosos, lisos, pedregosos, empinados e inclinados. Cada espacio era distinto y cada detalle me sorprendía. Me gusta mucho detenerme a observar, porque en cada rodada aparecen cosas nuevas: paisajes, plantas, colores, momentos que quizá pasan desapercibidos si uno solo piensa en avanzar.
En los hervores, el vapor que salía del suelo nos impresionó a todos; era como ver la tierra respirar. Más adelante, las Vías Verdes nos exigieron más esfuerzo, con subidas largas y pedregosas que pusieron a prueba nuestra resistencia, pero también nos dieron experiencia para manejar mejor la bicicleta.
Durante todo el trayecto nos acompañó la Cruz Roja, con José y Uriel siguiendo la rodada. Estuvieron siempre cerca, atentos a cualquier ssituación. Gracias a las Vías Verdes, su presencia nos dio confianza y tranquilidad, porque sabíamos que, si algo pasaba, había apoyo inmediato. Fue un gesto muy valioso y se agradece mucho que hayan estado ahí.
Lo que más disfruté fue la convivencia. Me encanta la gente y disfruto estar con personas que son cordiales y abiertas. En el grupo había diversidad de edades y profesiones, y todos tuvieron la disposición de crear buenos momentos. Eso hizo que la rodada no fuera solo un recorrido, sino una experiencia compartida.
Quiero agradecerles a todos los que participaron, por darse la oportunidad de acompañarnos, por convivir y por permitirme tomarles fotos.
Disfruté mucho ver sus sonrisas y compartir este trayecto con ustedes. Ojalá que en cada rodada podamos darnos un momento para detenernos, observar y disfrutar esos pequeños detalles que hacen que la experiencia sea única: la neblina, el amanecer, las plantas, los paisajes y las sonrisas que se van quedando en el camino.
Por Ángel Zumaya, testigo de paisajes y sonrisas._











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